Cuando los precios en origen asfixian la renta de los agricultores

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El principal componente de las rentas agrarias son los precios que reciben los agricultores por su cosecha. Éstos son tan dependientes de los mercados, y a la vez  tan volátiles, que son los principales responsables del abandono de las explotaciones.

 

Cuando se habla de precios agrarios en origen ¿a qué nos referimos?, pues a cómo se les paga a los agricultores por sus producciones.

 

Es tal su incidencia en la viabilidad de los cultivos que no puede entenderse ningún foro de debate agrario sin que la política de fijación de precios salga a relucir. La situación es bien preocupante por no decir indignante, porque si bien los precios finales que paga el consumidor por frutas y verduras frescas (esas que no exigen gran manipulación salvo hacerlas llegar a los mercados en óptimas condiciones) es bastante elevado, y no ha dejado de crecer por mucho que estemos en crisis y la falta de consumo anime a bajar los precios en los lineales, sin embargo los precios que reciben los agricultores por todo su trabajo es cada vez más bajo. Ellos se quejan de que cobran por un kilo de patatas o de trigo lo que les pagaban a sus padres hace décadas, y así es si analizamos su evolución histórica a precios constantes (es decir tras corregirlos para que reflejen el efecto de la inflación).

Para entender este fenómeno vamos a poner de ejemplo la citricultura valenciana. En la actualidad el citricultor negocia incluso meses antes de que llegue la fecha de recolección con unos intermediarios o comerciantes quienes se comprometen a liquidarle la cosecha fijando un precio por kilo y en árbol. En árbol quiere decir que la labor de recolección es responsabilidad de quien compra, que el trabajo del agricultor termina cuando la fruta está bien gordita y bien hermosa colgando de las ramas. Pero no hay que olvidar que para que eso suceda durante toda la campaña el agricultor es el que se encarga que al árbol no le falte agua, ni nutrientes, le ayuda a combatir sus plagas, etc… y por supuesto siempre quedando a merced de que venga un temporal, unos granizos o una fuerte sequía y acabe con su cosecha en un rato. Un trabajo tan duro y tan sacrificado que solo nos cabe que admirar.

El agricultor puede defender mejor un precio digno cuando la demanda es fluida y sin excedentes, pero por desgracia para la citricultura española, normalmente hay sobreproducción así que las liquidaciones al productor suelen ser insuficientes para cubrir todos los costes de producción. Se da además la desfavorable circunstancia de que, con los precios hundidos, no mejora ni se paga más la selección de calidades, que es la manera que tendría un citricultor para diferenciarse. La obtención de calidad ha sido el primer estímulo del cultivador, y su falta de valoración significa un retroceso para la citricultura española, que siempre fue muy apta para generar calidades diferentes y variadas.

Mientras es evidente la falta de precios justos al citricultor quien se ve cada día más asfixiado en sus rentas, el resto de agentes de la cadena, suelen tener unos mínimos cubiertos. No olvidemos la práctica tan extendida de “venta a resultas” típica en la citricultura valenciana que explicado en plan coloquial sería: Me llevo tu fruta y ya te liquidaré según yo gane, si gano mucho seguro que ganas tú, pero si gano poco quizás no llegue ni a pagarte lo mínimo. Triste práctica que se está intentando erradicar con unos compromisos de contratos prefijados, de manera que exista algún tipo de garantía de cobros.

En resumen: Si la renta cae de forma reiterada (como está pasando en los cítricos españoles) ello se traduce en un abandono de las parcelas por falta de estímulos económicos en el primer eslabón de la cadena. Después de esto llega el fin, las parcelas cubiertas de hierbas, árboles secos muriendo poco a poco y convertidos en sumidero de plagas… un paisaje desolador que se extiende más y más deprisa de lo que sería admisible aceptar.

Para ilustrar este fenómeno han elaborado dos gráficas donde se expone la evolución histórica de los precios en origen de dos variedades clásicas de la citricultura española: la mandarina Clemennules y la naranja Navel Lanelate. En la mandarina, en los 14 últimos años, el precio ha perdido el 50% de su valor, lo que equivale a un valor medio del 2,5% anual. En el caso de la naranja en las 13 últimas campañas el descenso también ha sido del 50%, es decir un 3,8% anual… y con esa tendencia ¿quién se anima a cultivar cítricos?.

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